jueves, octubre 19, 2006
LOS EMPRENDEDORES Y LA IZQUIERDA. APROXIMACIONES AL SIGLO XX. Por Fernando FloresI
A veces nuestro lenguaje, con su capacidad de atesorar palabras, las guarda, pero va olvidando o adelgazando su significado, cuando no hace de ello un estereotipo. En castellano común, la palabra empresario ha pasado a indicar sólo el dueño de una empresa. Aceptamos que puede tratarse de una empresa de cierto empaque, de una organización que reúne a muchos trabajadores o empleados, pero, en el fondo, vemos al empresario, moviéndose en una trocha angosta, imbuido del ethos del capitalismo con las imágenes que ello comporta: ganar dinero, vivir del trabajo ajeno, etcétera.
No ocurre lo mismo con otros idiomas y culturas, y no sólo por efecto de imagen. Para evitar el sentido negativo que el término adquirió en ciertos sectores, en Gran Bretaña y Estados Unidos usan una expresión francesa: entrepreneur o emprendedor en castellano. Destacan y diferencian a las personas que alejados de la administración o la gestión de recursos de una empresa estable, con vitalidad e imaginación, se salen de este círculo con ánimo de construir algo. Crean, inventan, seducen con nuevos modelos, nuevos productos, que a su vez generan una nueva realidad social.
El emprendedor (cuando oímos cómo pronuncian esta palabra los norteamericanos deja de preocuparnos el significado que damos nosotros a empresario) es una especie de productor de cine. Alguien que sin mucho capital busca la oportunidad de realizar una obra. Para lograrlo, convoca a otras personas: inversionistas, directores, artistas, técnicos. Supervisa el guión, y mantiene la mirada puesta en el público al que quiere interesar y gustar, al tiempo que él mismo goza con lo que hace. Algo parecido representaría quien diseña moda.Nos tienta el estereotipo del empresario encerrado entre inversionistas y banqueros, mientras empleados y clientes participan de su empresa sólo para satisfacer necesidades: cobrar un sueldo o comprar más barato.
Pero el ejemplo del que produce películas demuestra que esto no siempre es así y se repite en muchos más campos de actividad.Hay un entusiasmo, un desarrollo de habilidades propias —caso de los actores—, un interés por conocer y disfrutar del producto terminado —caso del público—. Cada paso puede ser expresado en precios y costos como mejor o peor negocio, pero estamos ocultando un hecho vital, humano, que está presente.Observando a los distintos protagonistas de una empresa de éxito, advertimos una satisfacción, un ir y venir de energías vitales, y un gran empeño en lo que hacen porque su acción mejora sus vidas y las de otros. Están sacando al exterior lo mejor de sí mismos. Están “creciendo” y ellos lo sienten.El emprendedor del que hablo es un innovador cultural —como lo puede ser el artista o el líder político— capaz de poner en movimiento nuevas pautas culturales y crear mutaciones, porque en sus actitudes está presente la preocupación por el modo de vida de la comunidad.No olvidemos que el éxito del emprendedor produce cambios, de diferentes escalas, en los hábitos de su entorno. Un caso paradigmático de este siglo fue, sin duda, Henry Ford. Creó masivamente coches baratos y duraderos, a unos precios que pudieran pagar sus propios trabajadores, a los que mejoró sus retribuciones. Con ello alteró nuestras vidas en esferas totalmente alejadas de su idea original.Las ciudades pasaron a ser centros de trabajo y comercio, mientras una buena parte de la población se desplazó a residir en las afueras buscando más calidad de aire. Los grandes desplazamientos se hicieron normales y todos —cuál más, cuál menos— nos enteramos de cómo funcionaban esas grandes máquinas a nuestra disposición cotidiana. Y ¡cómo cambió nuestro estilo de vida! Para no entrar en lo inacabable, basta una metáfora: nos acostumbramos a pensar que todo lo que hacemos debería estar bajo nuestro control como lo está un coche. A nuestros abuelos, que trabajaban con animales, no se les habría pasado por la mente que algo funcionara apretando un botón o dando órdenes a un micrófono.Cambió el planeta. Las carreteras y las autopistas se convirtieron en las estructuras monumentales de la nueva civilización.
El testimonio infinito de nuestro deseo de dominar las distancias.El caso de Ford nos permite fijar otra faceta del emprendedor, como creador de comunidades en las que participan empleados, proveedores, clientes, financieros, etc. Y más allá del producto, generan una nueva relación social caracterizada por un estilo determinado, que luego se propaga saltando la frontera de la comunidad inicial. Influyen no sólo en sus seguidores, sino también en sus adversarios y terminan impactando en nuestra cultura.Es una dimensión del nuevo estilo que empezamos a notar particularmente en la segunda mitad de nuestro siglo. Cuando un estilo tiene éxito, provee de identidad al individuo, lo diferencia del otro. Se expresa en sus modos, sus referencias, sus expectativas y, nos atrevemos a decir, en sus mismos deseos, que le confieren una proyección propia. La mayoría de nosotros sucumbe a los requerimientos de un hijo de doce años que nos pide unos tenis Nike modelo Air Jordan. Esto es un hecho.En los últimos años un ruido de creciente oleaje nos alcanza, empujándonos al siglo XXI: el uso mundial de Internet. Súbitamente, tomamos conciencia de que algo importante está pasando aquí y allá, y nadie lo conduce ni controla. En este marco, Netscape ha dado un ejemplo de innovación empresarial con efectos vertiginosos. Los principales cambios nacieron de pequeños avances dentro de una comunidad de científicos del CERN en Ginebra y de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos.Jim Clark, antiguo profesor de ingeniería eléctrica de la Universidad de Stanford y fundador y ejecutivo de la firma Silicon Grafics, vio que era posible expandir el acceso al gran público de las computadoras locales.El verdadero emprendedor está más cerca de lo que se supone del político de izquierdas que busca cambiar la realidad para mejorar la situación de los seres humanos, o de los creadores que llaman la atención sobre las desigualdades o la opresión. Como ninguno de ellos trabaja en contra, sino a favor del cambio histórico, se convierten en sus agentes aceleradores. Es difícil no admirar sus esfuerzos cuando advertimos su capacidad para crear nuevas pautas culturales, nuevos modos de ver o hacer las cosas. Nos identificamos con ellos. Compartimos su quehacer, no como meros seguidores, sino emulándolos cuando nos esforzamos por llevar nuestras vidas a nuevas metas. Al hacerlo, incluimos en nuestras nuevas perspectivas a familiares y próximos. Casarnos, mudarnos de ciudad, de casa o discutir apasionadamente cómo mejorar la existencia, adquieren un carácter especial porque nos hemos obligado a ver el mundo o nuestra propia existencia de manera diferente. Esta habilidad del emprendedor, el dirigente político o el creador, como agentes del cambio, existe en todos nosotros. Lástima que con frecuencia lo olvidamos en la vida diaria.Las oportunidades de empujar el cambio en el mundo crecen. Con la globalización y la eliminación de todo tipo de barreras para el desarrollo de los mercados, con la disminución de costos de la comunicación electrónica, la posibilidad de iniciar empresas pequeñas de alcance global se acerca a nuestras manos. Internet es el precursor del cambio, pero no es el cambio en sí. Una manera de ver tanto las oportunidades, como la naturaleza del cambio que se avecina, la podemos encontrar en Netscape, la pequeña empresa establecida en el Silicon Valley, con poco más que el sentido común y la creatividad de sus fundadores. Se les ocurrió que podríamos ver distintos emplazamientos en la World Wide Web más o menos como si revisáramos los libros de una biblioteca. Ahora, los primitivos usuarios de Netscape no sólo están abriendo Internet, como si fuera un nuevo continente, a cualquiera que tenga acceso a un ordenador, sino que Netscape, como agente comunicador, ha pasado a cambiar la naturaleza del capital y de las ventas. Empezaron regalando su producto a los usuarios, en contra de la costumbre. Cobraban a los que quisieran usar Netscape como vitrina para su marketing. Es como si nos regalaran un televisor y, luego, los anunciantes pagaran para conseguir nuestra atención. Sobre esta base, Netscape fue capaz de iniciar su venta de acciones colocando el listón de su valor en 2,500 millones de dólares. Cada día encontramos valor en aquello que nos reúne de modo innovador. La consecuencia lógica es que la noción de capital tiene que cambiar, igual que la noción de valor. (Empieza a comprobarse, como decía Antonio Machado, que “todo necio confunde valor y precio”.)Por lo expuesto se deduce que los socialdemócratas deberían conocer mejor a los capitalistas de riesgo (venture capitalist). Como los banqueros clásicos, ellos tienen la obligación de conservar el capital, lo que los inclina a una actitud política conservadora. Pero, al mismo tiempo, el capitalista de riesgo ha aprendido que para preservar el capital, debe generar capital. Es decir, debe arriesgarse.Jim Clark invitó a un joven estudiante, Mark Andersen, de Illinois, a participar en su idea, y con cuatro millones de dólares (el chocolate del loro en las dimensiones del Silicon Valley) montaron el hoy célebre Netscape Web Browser que, como ya he dicho, comenzaron por regalar a sus clientes. En dieciocho meses y sin haber obtenido ganancias, Netscape se convirtió en una sociedad por acciones con 2,500 millones de dólares de capital y un efecto expansivo espectacular. Compañías como Microsoft y Sun tuvieron que variar sus estrategias empresariales. Entre 1990 y 1997, el número de computadoras conectadas a Internet saltó de 200,000 unidades a 16 millones, aplastando literalmente las separaciones que siempre habían distinguido a la industria de la computación, las empresas de entretenimiento y la venta minorista, entre otras, situándolas ante oportunidades nunca imaginadas. ¿Es necesario describir cómo Internet está cambiando nuestras prácticas sociales?No nos perdamos en lo colosal. Cualquier modesto empresario de una tienda o pequeño negocio, que mantiene su ubicación en el espacio de la comunidad, enfrentado a supermercados y grandes almacenes, que sabe mantener su clientela y evoluciona con ella, merece nuestro respeto. Para mantenerse ahí, tiene que haber encontrado alguna innovación, algún elemento de diferenciación que los grandes almacenes no ofrecen. Detrás de sus mostradores, esos hombres y mujeres, emprendedores de corazón, han sabido seducir a sus clientes con unos trajes de matrimonio o con unos bocadillos de jamón y queso, tan seductores ambos que nos arrastran a volver a su negocio y no a otro.Es extraño que la gente de izquierda nunca haya tomado en consideración a esos emprendedores que en cada barrio de la ciudad ayudan —a su manera— a la comunidad en la que viven, como hacen los artistas y otras figuras culturales. Es curioso que si los progresistas han cultivado las relaciones con el mundo de la cultura, nunca se hayan acercado a los emprendedores, salvo en contadísimas excepciones como en Italia del Norte. La izquierda, ocupada en regular y controlar ad limitem el mercado (el ámbito en que se mueven los emprendedores), con indiferencia y, a veces, con hostilidad, arroja a los empresarios en brazos de la derecha. Esta falta de reconocimiento tiene sus consecuencias.Cada día, mayor número de jóvenes de ambos sexos, con talento y herederos de una cultura de izquierda, se integran en la empresa privada en lugar de ir al servicio público. Cuando lleguen a identificarse políticamente, lo harán en aquellos partidos capaces de comprender la función empresarial y defender sus enormes posibilidades. Hoy se inclinarán por la derecha. Se integrarán al ethos conservador y a los partidos que tutelan el orden, aunque al joven emprendedor ese orden —rígido, inmovilista y egoísta— no le vaya porque su tendencia natural esté con la necesidad de cambiar las cosas. Esto les hace vivir contradictoriamente, pero se mantienen donde están. Mientras la izquierda no distinga a los emprendedores de los simples rentistas del capital, seguiremos careciendo de su confianza.Como la producción de nuevas formas de capital exige hoy grandes riesgos, el capitalista que está dispuesto a asumirlos se ve obligado a buscar agentes emprendedores y, tarde o temprano, pasa él mismo a comportarse como un empresario para generar capital. Sería conveniente que los socialdemócratas reconocieran, apreciaran y cultivaran a estos agentes del cambio, porque de la transformación del capital que ellos están produciendo podría derivarse una redistribución de acceso al capital. Los expertos empiezan a ver aquí una nueva especie de capital: el capital intelectual. Es apenas la punta del iceberg. El capital ya no es una roca sobre la que se fundamenta la inmovilidad, sino una materia con la que se gestan los cambios sociales. Si el capitalista de riesgo se ha lanzado a producir cambios, que a su vez generan mutaciones sociales, sería aconsejable que la socialdemocracia fuera coprotagonista de ese cambio más que “controladora y reguladora” del mismo.En resumen, la izquierda se esfuerza, en su enfoque político, en el mantenimiento a la defensiva de un Estado del bienestar que proteja a los más débiles contra la depredación. Este resguardo es tan importante en nuestras sociedades, que no podemos abandonarlo, ni abandonar la defensa de la justicia social. Pero la historia nos abre otra posibilidad en la hora presente: entregar a millones de ciudadanos un poder que les permita desarrollarse en la medida de sus posibilidades. Concederles una autonomía que hasta ahora sólo estaba al alcance de los muy ricos o con mucho talento. No es el tipo de autonomía cautelosa frente a las necesidades. Consiste en dar libertad para hacerse a sí mismos, para explorar la propia capacidad de hacerse cargo de una necesidad social y establecer una empresa. Está aumentando el número de personas que disfruta con esa autonomía empresarial. La tarea que enfrentamos es cómo evitar que esa gente piense que aquello que están haciendo es sólo reconocido por la ideología conservadora del mercado libre y del libre comercio. Llevamos tanto tiempo malinterpretando a los empresarios, viéndolos sólo como gente que persigue la ganancia personal, que en la actual coyuntura sería muy posible que tanto ellos como nosotros, percibiéramos de modo erróneo este momento histórico. Sería una doble pérdida. Para nosotros significaría dejar pasar la oportunidad de identificar a los emprendedores como actores de un cambio de cultura y apartarlos de nuestra tarea de establecer una sociedad más justa. Para ellos, significaría perder el apoyo de quienes están en situación de reconocer, sostener y alimentar su grandeza cuando la alcanzan, como puede hacerlo cada uno de nosotros.
Fernando Flores. Doctor en Filosofía.
No ocurre lo mismo con otros idiomas y culturas, y no sólo por efecto de imagen. Para evitar el sentido negativo que el término adquirió en ciertos sectores, en Gran Bretaña y Estados Unidos usan una expresión francesa: entrepreneur o emprendedor en castellano. Destacan y diferencian a las personas que alejados de la administración o la gestión de recursos de una empresa estable, con vitalidad e imaginación, se salen de este círculo con ánimo de construir algo. Crean, inventan, seducen con nuevos modelos, nuevos productos, que a su vez generan una nueva realidad social.
El emprendedor (cuando oímos cómo pronuncian esta palabra los norteamericanos deja de preocuparnos el significado que damos nosotros a empresario) es una especie de productor de cine. Alguien que sin mucho capital busca la oportunidad de realizar una obra. Para lograrlo, convoca a otras personas: inversionistas, directores, artistas, técnicos. Supervisa el guión, y mantiene la mirada puesta en el público al que quiere interesar y gustar, al tiempo que él mismo goza con lo que hace. Algo parecido representaría quien diseña moda.Nos tienta el estereotipo del empresario encerrado entre inversionistas y banqueros, mientras empleados y clientes participan de su empresa sólo para satisfacer necesidades: cobrar un sueldo o comprar más barato.
Pero el ejemplo del que produce películas demuestra que esto no siempre es así y se repite en muchos más campos de actividad.Hay un entusiasmo, un desarrollo de habilidades propias —caso de los actores—, un interés por conocer y disfrutar del producto terminado —caso del público—. Cada paso puede ser expresado en precios y costos como mejor o peor negocio, pero estamos ocultando un hecho vital, humano, que está presente.Observando a los distintos protagonistas de una empresa de éxito, advertimos una satisfacción, un ir y venir de energías vitales, y un gran empeño en lo que hacen porque su acción mejora sus vidas y las de otros. Están sacando al exterior lo mejor de sí mismos. Están “creciendo” y ellos lo sienten.El emprendedor del que hablo es un innovador cultural —como lo puede ser el artista o el líder político— capaz de poner en movimiento nuevas pautas culturales y crear mutaciones, porque en sus actitudes está presente la preocupación por el modo de vida de la comunidad.No olvidemos que el éxito del emprendedor produce cambios, de diferentes escalas, en los hábitos de su entorno. Un caso paradigmático de este siglo fue, sin duda, Henry Ford. Creó masivamente coches baratos y duraderos, a unos precios que pudieran pagar sus propios trabajadores, a los que mejoró sus retribuciones. Con ello alteró nuestras vidas en esferas totalmente alejadas de su idea original.Las ciudades pasaron a ser centros de trabajo y comercio, mientras una buena parte de la población se desplazó a residir en las afueras buscando más calidad de aire. Los grandes desplazamientos se hicieron normales y todos —cuál más, cuál menos— nos enteramos de cómo funcionaban esas grandes máquinas a nuestra disposición cotidiana. Y ¡cómo cambió nuestro estilo de vida! Para no entrar en lo inacabable, basta una metáfora: nos acostumbramos a pensar que todo lo que hacemos debería estar bajo nuestro control como lo está un coche. A nuestros abuelos, que trabajaban con animales, no se les habría pasado por la mente que algo funcionara apretando un botón o dando órdenes a un micrófono.Cambió el planeta. Las carreteras y las autopistas se convirtieron en las estructuras monumentales de la nueva civilización.
El testimonio infinito de nuestro deseo de dominar las distancias.El caso de Ford nos permite fijar otra faceta del emprendedor, como creador de comunidades en las que participan empleados, proveedores, clientes, financieros, etc. Y más allá del producto, generan una nueva relación social caracterizada por un estilo determinado, que luego se propaga saltando la frontera de la comunidad inicial. Influyen no sólo en sus seguidores, sino también en sus adversarios y terminan impactando en nuestra cultura.Es una dimensión del nuevo estilo que empezamos a notar particularmente en la segunda mitad de nuestro siglo. Cuando un estilo tiene éxito, provee de identidad al individuo, lo diferencia del otro. Se expresa en sus modos, sus referencias, sus expectativas y, nos atrevemos a decir, en sus mismos deseos, que le confieren una proyección propia. La mayoría de nosotros sucumbe a los requerimientos de un hijo de doce años que nos pide unos tenis Nike modelo Air Jordan. Esto es un hecho.En los últimos años un ruido de creciente oleaje nos alcanza, empujándonos al siglo XXI: el uso mundial de Internet. Súbitamente, tomamos conciencia de que algo importante está pasando aquí y allá, y nadie lo conduce ni controla. En este marco, Netscape ha dado un ejemplo de innovación empresarial con efectos vertiginosos. Los principales cambios nacieron de pequeños avances dentro de una comunidad de científicos del CERN en Ginebra y de la Universidad de Illinois, en Estados Unidos.Jim Clark, antiguo profesor de ingeniería eléctrica de la Universidad de Stanford y fundador y ejecutivo de la firma Silicon Grafics, vio que era posible expandir el acceso al gran público de las computadoras locales.El verdadero emprendedor está más cerca de lo que se supone del político de izquierdas que busca cambiar la realidad para mejorar la situación de los seres humanos, o de los creadores que llaman la atención sobre las desigualdades o la opresión. Como ninguno de ellos trabaja en contra, sino a favor del cambio histórico, se convierten en sus agentes aceleradores. Es difícil no admirar sus esfuerzos cuando advertimos su capacidad para crear nuevas pautas culturales, nuevos modos de ver o hacer las cosas. Nos identificamos con ellos. Compartimos su quehacer, no como meros seguidores, sino emulándolos cuando nos esforzamos por llevar nuestras vidas a nuevas metas. Al hacerlo, incluimos en nuestras nuevas perspectivas a familiares y próximos. Casarnos, mudarnos de ciudad, de casa o discutir apasionadamente cómo mejorar la existencia, adquieren un carácter especial porque nos hemos obligado a ver el mundo o nuestra propia existencia de manera diferente. Esta habilidad del emprendedor, el dirigente político o el creador, como agentes del cambio, existe en todos nosotros. Lástima que con frecuencia lo olvidamos en la vida diaria.Las oportunidades de empujar el cambio en el mundo crecen. Con la globalización y la eliminación de todo tipo de barreras para el desarrollo de los mercados, con la disminución de costos de la comunicación electrónica, la posibilidad de iniciar empresas pequeñas de alcance global se acerca a nuestras manos. Internet es el precursor del cambio, pero no es el cambio en sí. Una manera de ver tanto las oportunidades, como la naturaleza del cambio que se avecina, la podemos encontrar en Netscape, la pequeña empresa establecida en el Silicon Valley, con poco más que el sentido común y la creatividad de sus fundadores. Se les ocurrió que podríamos ver distintos emplazamientos en la World Wide Web más o menos como si revisáramos los libros de una biblioteca. Ahora, los primitivos usuarios de Netscape no sólo están abriendo Internet, como si fuera un nuevo continente, a cualquiera que tenga acceso a un ordenador, sino que Netscape, como agente comunicador, ha pasado a cambiar la naturaleza del capital y de las ventas. Empezaron regalando su producto a los usuarios, en contra de la costumbre. Cobraban a los que quisieran usar Netscape como vitrina para su marketing. Es como si nos regalaran un televisor y, luego, los anunciantes pagaran para conseguir nuestra atención. Sobre esta base, Netscape fue capaz de iniciar su venta de acciones colocando el listón de su valor en 2,500 millones de dólares. Cada día encontramos valor en aquello que nos reúne de modo innovador. La consecuencia lógica es que la noción de capital tiene que cambiar, igual que la noción de valor. (Empieza a comprobarse, como decía Antonio Machado, que “todo necio confunde valor y precio”.)Por lo expuesto se deduce que los socialdemócratas deberían conocer mejor a los capitalistas de riesgo (venture capitalist). Como los banqueros clásicos, ellos tienen la obligación de conservar el capital, lo que los inclina a una actitud política conservadora. Pero, al mismo tiempo, el capitalista de riesgo ha aprendido que para preservar el capital, debe generar capital. Es decir, debe arriesgarse.Jim Clark invitó a un joven estudiante, Mark Andersen, de Illinois, a participar en su idea, y con cuatro millones de dólares (el chocolate del loro en las dimensiones del Silicon Valley) montaron el hoy célebre Netscape Web Browser que, como ya he dicho, comenzaron por regalar a sus clientes. En dieciocho meses y sin haber obtenido ganancias, Netscape se convirtió en una sociedad por acciones con 2,500 millones de dólares de capital y un efecto expansivo espectacular. Compañías como Microsoft y Sun tuvieron que variar sus estrategias empresariales. Entre 1990 y 1997, el número de computadoras conectadas a Internet saltó de 200,000 unidades a 16 millones, aplastando literalmente las separaciones que siempre habían distinguido a la industria de la computación, las empresas de entretenimiento y la venta minorista, entre otras, situándolas ante oportunidades nunca imaginadas. ¿Es necesario describir cómo Internet está cambiando nuestras prácticas sociales?No nos perdamos en lo colosal. Cualquier modesto empresario de una tienda o pequeño negocio, que mantiene su ubicación en el espacio de la comunidad, enfrentado a supermercados y grandes almacenes, que sabe mantener su clientela y evoluciona con ella, merece nuestro respeto. Para mantenerse ahí, tiene que haber encontrado alguna innovación, algún elemento de diferenciación que los grandes almacenes no ofrecen. Detrás de sus mostradores, esos hombres y mujeres, emprendedores de corazón, han sabido seducir a sus clientes con unos trajes de matrimonio o con unos bocadillos de jamón y queso, tan seductores ambos que nos arrastran a volver a su negocio y no a otro.Es extraño que la gente de izquierda nunca haya tomado en consideración a esos emprendedores que en cada barrio de la ciudad ayudan —a su manera— a la comunidad en la que viven, como hacen los artistas y otras figuras culturales. Es curioso que si los progresistas han cultivado las relaciones con el mundo de la cultura, nunca se hayan acercado a los emprendedores, salvo en contadísimas excepciones como en Italia del Norte. La izquierda, ocupada en regular y controlar ad limitem el mercado (el ámbito en que se mueven los emprendedores), con indiferencia y, a veces, con hostilidad, arroja a los empresarios en brazos de la derecha. Esta falta de reconocimiento tiene sus consecuencias.Cada día, mayor número de jóvenes de ambos sexos, con talento y herederos de una cultura de izquierda, se integran en la empresa privada en lugar de ir al servicio público. Cuando lleguen a identificarse políticamente, lo harán en aquellos partidos capaces de comprender la función empresarial y defender sus enormes posibilidades. Hoy se inclinarán por la derecha. Se integrarán al ethos conservador y a los partidos que tutelan el orden, aunque al joven emprendedor ese orden —rígido, inmovilista y egoísta— no le vaya porque su tendencia natural esté con la necesidad de cambiar las cosas. Esto les hace vivir contradictoriamente, pero se mantienen donde están. Mientras la izquierda no distinga a los emprendedores de los simples rentistas del capital, seguiremos careciendo de su confianza.Como la producción de nuevas formas de capital exige hoy grandes riesgos, el capitalista que está dispuesto a asumirlos se ve obligado a buscar agentes emprendedores y, tarde o temprano, pasa él mismo a comportarse como un empresario para generar capital. Sería conveniente que los socialdemócratas reconocieran, apreciaran y cultivaran a estos agentes del cambio, porque de la transformación del capital que ellos están produciendo podría derivarse una redistribución de acceso al capital. Los expertos empiezan a ver aquí una nueva especie de capital: el capital intelectual. Es apenas la punta del iceberg. El capital ya no es una roca sobre la que se fundamenta la inmovilidad, sino una materia con la que se gestan los cambios sociales. Si el capitalista de riesgo se ha lanzado a producir cambios, que a su vez generan mutaciones sociales, sería aconsejable que la socialdemocracia fuera coprotagonista de ese cambio más que “controladora y reguladora” del mismo.En resumen, la izquierda se esfuerza, en su enfoque político, en el mantenimiento a la defensiva de un Estado del bienestar que proteja a los más débiles contra la depredación. Este resguardo es tan importante en nuestras sociedades, que no podemos abandonarlo, ni abandonar la defensa de la justicia social. Pero la historia nos abre otra posibilidad en la hora presente: entregar a millones de ciudadanos un poder que les permita desarrollarse en la medida de sus posibilidades. Concederles una autonomía que hasta ahora sólo estaba al alcance de los muy ricos o con mucho talento. No es el tipo de autonomía cautelosa frente a las necesidades. Consiste en dar libertad para hacerse a sí mismos, para explorar la propia capacidad de hacerse cargo de una necesidad social y establecer una empresa. Está aumentando el número de personas que disfruta con esa autonomía empresarial. La tarea que enfrentamos es cómo evitar que esa gente piense que aquello que están haciendo es sólo reconocido por la ideología conservadora del mercado libre y del libre comercio. Llevamos tanto tiempo malinterpretando a los empresarios, viéndolos sólo como gente que persigue la ganancia personal, que en la actual coyuntura sería muy posible que tanto ellos como nosotros, percibiéramos de modo erróneo este momento histórico. Sería una doble pérdida. Para nosotros significaría dejar pasar la oportunidad de identificar a los emprendedores como actores de un cambio de cultura y apartarlos de nuestra tarea de establecer una sociedad más justa. Para ellos, significaría perder el apoyo de quienes están en situación de reconocer, sostener y alimentar su grandeza cuando la alcanzan, como puede hacerlo cada uno de nosotros.
Fernando Flores. Doctor en Filosofía.
Comments:
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Estoy en tremenda concordancia con lo que quiso decir el señor Fernando Flores respecto al acto emprendedor, en el sentido que tiene que ser un entusiasta, busquilla, creador, apasionado con el tema que quiere innovar y con ello mejorar la calidad de vida de lo seres humanos y hacer un cambio cultural, dando los ejemplos mas claros como el caso de Henry Ford, Nentscape e Internet y esto conlleva a lo que todo ser humano necesita es realizarse profesionalmente, es decir dejar huella en el proyecto a realizar.
En el acto de ser empresario estoy de acuerdo al pensamiento chileno erróneo a mi punto de vista, que es el tipo que gana dinero a cuesta de los demás y solo le importa enriquecerse, siendo que la gran mayoría de los empresarios son lideres y emprendedores cualidades que cualquier persona quisiera tener, que en realidad todos tenemos pero que deberíamos ejercitar.
En aspecto que liga a la izquierda con el emprendimiento lo encuentro también con razón que la izquierda debería tener mayor altura de miras y entender el rol del empresariado.
Otro aspecto relevante es el capital intelectual que también me llamo la atención.
Certezas mías que se pusieron en juego fue que yo veía al empresario tal como lo veía un chileno común y encontraba la diferencia entre empresario y emprendedor muy marcadas y siendo que son cosas que van íntimamente ligadas.
La mas clara es porque la gente emprendedora se va a partidos capitalistas, esa seria la pregunta que no me dejo muy clara el texto y mas que preguntas me regalo reflexiones.
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En el acto de ser empresario estoy de acuerdo al pensamiento chileno erróneo a mi punto de vista, que es el tipo que gana dinero a cuesta de los demás y solo le importa enriquecerse, siendo que la gran mayoría de los empresarios son lideres y emprendedores cualidades que cualquier persona quisiera tener, que en realidad todos tenemos pero que deberíamos ejercitar.
En aspecto que liga a la izquierda con el emprendimiento lo encuentro también con razón que la izquierda debería tener mayor altura de miras y entender el rol del empresariado.
Otro aspecto relevante es el capital intelectual que también me llamo la atención.
Certezas mías que se pusieron en juego fue que yo veía al empresario tal como lo veía un chileno común y encontraba la diferencia entre empresario y emprendedor muy marcadas y siendo que son cosas que van íntimamente ligadas.
La mas clara es porque la gente emprendedora se va a partidos capitalistas, esa seria la pregunta que no me dejo muy clara el texto y mas que preguntas me regalo reflexiones.
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